{Este es un relato de mi visita a la Isla Martín García. Incluye información
sobre el viaje, lugares para comer y qué hacer en la isla. Para saber
cómo ir y leer algunas recomendaciones, ver datos al final de la nota}

Una hora en tren hasta Tigre y luego unas tres de navegación por el Delta hacen que la Isla Martín García parezca más remota de lo que uno podía imaginar. Pero más que la distancia, es su historia la que la separa en tiempo y espacio.

Para una Buenos Aires más copetuda que nunca, es desafiante contemplar que este pedacito de roca haya disputado protagonismo como capital regional por su posición estratégica como puerta a los ríos Paraná y Uruguay, por más que haya sido sólo en la imaginación de Sarmiento.

Como jurisdicción de la Marina y gracias a que sirvió como punto de cuarentena para los miles de inmigrantes europeos que Argentina recibió a principios del siglo XX (nuestra Ellis Island), hacia 1940 llegó a tener más de cuatro mil habitantes. El Salón-Teatro Urquiza es probablemente la principal muestra del esplendor que se imaginaba para ella entonces.

Uruguay cedió la soberanía de la isla (que está a sólo tres kilómetros de su costa, contra 30 de la costa argentina) a cambio de que su uso fuera sólo como reserva natural y turística.

Es por esto que hoy las plantas parecen treparse conquistando las ruinas, y es también por esto que en su territorio no hay propiedad privada: la población de unas doscientas personas viven ‘gratis’ en casas que se ceden si se trabaja en un proyecto relacionado a la actividad turística.

La isla es también sede de la Comisión Administradora del Río de la Plata (autoridad que ‘controla’ los acuerdos de Argentina y Uruguay sobre navegación y autoridad del río), un organismo con carácter de embajada que ocupa una gran casona rodeada de hogares que usan los funcionarios (uno, con título de embajador) cuando se reúnen.

Cacciola habrá visto la veta y movido sus hilos, porque es hoy el único transporte fluvial colectivo que llega a la isla y administra una de las dos únicas opciones para pasar una noche allí (la hosteria Hércules; la otra es el camping).

Para comer hay tres opciones: Hércules es el parador que ofrecen con el tour (asado), Comedor Solís es una pintoresca casa de campo que constituye la segunda y más popular preferencia de los visitantes (más asado, supuestamente había pasta más temprano), y La Casona es un pequeño bar con pool que terminó siendo nuestra feliz elección.

Feliz porque había un total de cero personas, porque nos sacaron una mesa a la calle (en la que, como puede asumirse, había un total de cero vehículos), y porque nos prepararon unos ravioles que estaban rellenos de espinaca de verdad.

Una mirada al mapa turístico genera una obvia curiosidad en el punto identificado como “Barrio Chino”. Según comentó nuestra muy informada y simpática guía, se trata del lugar donde estaban emplazadas las casas de los civiles que no tenían que ver con las fuerzas armadas. Esto, porque los militares les llamaban “la chinada” o “los chinos”.

El camino hasta el lugar son unas seis/siete cuadras entre praderas de flores amarillas y árboles de altura desproporcional en comparación con el entorno. Dentro de las casas abandonadas se pueden leer tanto gritos de la decena y media de adolescentes que habitan la isla como reclamos de propiedad inmobiliaria de los adultos.

Gracias a la gran cantidad de árboles y a la irregularidad de las siluetas de cemento, a medida que va cambiando la posición durante el día la luz del sol se posa como sugiriendo focos.

Apenas se entra o antes de salir se puede dar un mini recorrido por una laguna que se creó en una cantera de la cual probablemente hayan salido adoquines para Buenos Aires.

En ella se pueden ver tortugas acuáticas tomando sol.

Los tours organizados siempre tienen un tinte kitsch que hace acordar a las desventuras a bordo de un crucero de David Foster Wallace, pero esto no logra quitarle el romanticismo a la propuesta. Sobre todo si se esquiva el almuerzo colectivo y se abandona al grupo automáticamente después de la visita guiada, para apreciar lo más parecido a una selva que tenemos ‘cerca’ de la ciudad.

Cómo ir a la Isla Martín García

La compañía de viajes Cacciola es la única que llega con ferry comercial a la isla. Se puede optar sólo por el pasaje ($184 Ida y vuelta para mayores y $178 para menores), por el tour con guía ($35 adicionales) o bien por el tour completo con almuerzo ($375 mayores y $290 menores).

Luego de haber ido recomiendo el tour con guía pero no el almuerzo, ya que hay otras opciones más lindas en la isla (click aquí para leer el octavo párrafo y ver la tercera galería de fotos con alternativas de almuerzo).

También está la opción de quedarse a dormir: una noche en hostería tiene un costo adicional de $240 por persona. Todos los precios pueden verse en la página de tarifas de Cacciola.

Más info sobre el tour

Cacciola Martín García