Del Mundial de fútbol Brasil 2014, hasta ahora lo que más me había interesado era Costa Rica, obviamente porque no hay nada más lindo que el resultado inesperado, un grupo de rezagados demostrando que la irreverencia puede más que la historia.

Pero la clasificación de Argentina a la final me pudo, más por la narrativa épica que por patriotismo. Una barrida absolutamente imposible en el último y más claro avance de Holanda, manteniendo el cero a cero hasta el final. El zen de un jugador calzándose el mote de líder y convirtiéndose en profeta. El héroe inesperado.

Argentina y Latinoamérica tienen mucho de eso: momentos en los que se viven situaciones que en ficción parecerían ridículas, cuentos propios del Macondo de García Márquez. Uno puede verlas apático, apelar al moralismo y acusarnos a nosotros mismos de nacionalismo barato. Yo lo he hecho.

Pero ayer no. Ayer aguanté la respiración, grité, salté, me reí, y volví a ver el video de los penales unas cinco veces antes de irme a dormir.