Escena de la obra Salón de fiestas, de Emiliano Pastor. Foto

©Mariano de Rosa para Salón de Fiestas

Más de una vez, quizá bajo la influencia del alcohol o de alguna otra sustancia blanda, me he perdido dentro de mi cabeza durante una fiesta.

Hay algo de una gran conexión y liberación de impulsos hedonistas en este tipo de eventos, que se fusiona a la vez con un enrarecimiento social, algo de soledad; y en ese colapso hay palabras clave, grandes temas humanos explotando en conceptos que en el momento parecen fundamentales, pero que después se esfuman sin urgencia.

Cuando veía la obra de teatro Salón de Fiestas sentí algo parecido a estar adentro de esa cabeza: grandes cuestiones sobre el deseo, la nostalgia, la alegría, rebotando como pelotitas de colores contra las paredes del teatro.

La propuesta es simple pero potente: cinco apuestos jóvenes, de vestidos entallados las chicas y sastrería a medida los chicos, nacen para vivir una noche, lo que dura esa onírica fiesta en la que parecen buscar entender qué hacen ahí. Emiliano Pastor, prolífico dramaturgo, autor y director de la obra, cuenta más:

BA Inspiration (BAI): ¿De dónde sale la idea de la fiesta como metáfora?
Emiliano Pastor (EP): Siempre que entraba en tiendas de cotillón sentía ganas de hacer algo con ese universo. Y cuando tuve espacio para trabajar en una nueva obra me acordé de eso y me puse a explorarlo. Ahí se me ocurrió hablar de la alegría y del placer -o descubrí que quería hablar de eso. Surgió que el contexto en el que todo sucediera fuera una fiesta, y eso se convirtió en la metáfora principal: la noche que hay que aprovechar porque se termina, porque el tiempo no es infinito y nos apura para que encontremos y desarrollemos nuestro potencial personal de disfrute.

Después me puse a trabajar de adentro para afuera: la utilería (las bandejas, el papel de regalo), ideas de vestuario, pequeños gestos aislados. Fue como encontrar los ladrillos de los que está hecha la obra, y luego jugar con ellos como si fuera un puzzle. Darles un fluir en el tiempo teniendo en cuenta parámetros rítmicos, espaciales, emocionales, más que narrativos; como si fuera música o danza y no teatro.

Lo hice de esa forma porque me gusta trabajar con la repetición de partículas y porque supongo que necesito cierta cantidad de caos. Va más conmigo no tener de antemano un concepto central que circunscriba demasiado la búsqueda, o una visión cerrada de la globalidad, para poder saltar en cualquier dirección incluso después de comenzados los ensayos.

“Tal vez en las fiestas estamos más conectados con pulsiones soterradas, y las sacamos hacia fuera como en los sueños. Al bailar estamos hablando, sublimando, convirtiéndonos en imágenes, haciendo teatro”.

BAI: ¿Por qué una fiesta en el limbo, una fiesta tan onírica? ¿qué creés que hace que las fiestas en general se sientan así?
EP: Tal vez en las fiestas estamos más conectados con pulsiones soterradas, y las sacamos hacia fuera como en los sueños. Al bailar estamos hablando, sublimando, convirtiéndonos en imágenes, haciendo teatro. Pero supongo que esa sensación de limbo tiene que ver con no haber trabajado con un estilo costumbrista o televisivo.

Trabajé con formas particulares desvinculadas a los referentes de la realidad y por eso remiten a los sueños, pero los sueños remiten a la vida, a experiencias muy concretas de las que está hecha nuestra vida cotidiana. El piso que se siente en la obra es más el del corazón, el de un espacio interior, que el de la vida cotidiana, pero hay espacio para la identificación de nuestras experiencias diarias. El haber tomado el contexto de la fiesta como un lienzo en blanco en el que ir pegando retales escénicos también debe haber colaborado a esa sensación de limbo.

Escena de la obra Salón de fiestas, de Emiliano Pastor. Foto

©Mariano de Rosa para Salón de Fiestas

BAI: Además de temáticas como el festejo y la niñez, la obra también se observa constantemente a sí misma como una pieza de teatro. ¿Tuviste algún tipo de inquietud que te hizo querer reafirmar el rol del teatro?
EP: No tengo registro de que haya sido por reafirmar algo, pero uno siempre atraviesa momentos de duda en los procesos, así que es posible. Es mi profesión y es uno de los temas que me preocupan, y cada tanto escribo obras en las que le doy espacio al tema; en este caso desde el comienzo pensé que ‘salón de fiestas’ iba a ser usado como sinónimo de ‘espacio escénico’, como si los espectáculos fueran fiestas y las fiestas, espectáculos, y así desdibujar la línea que separa el artificio escénico de los artificios de la vida.

Me encantan como espectador las obras metateatrales. Buena parte del público del teatro independiente de Buenos Aires es público de teatro, y eso genera endogamia. Pero si uno se propone no juzgar ese fenómeno, o piensa en encontrarle un lado positivo, podría pensarse que en Buenos Aires una función también es un espacio de reflexión sobre la teatralidad, un lugar de debate. A mí eso me parece un indicador de que el teatro está muy vivo, y me encanta.

“… desde el comienzo pensé que ‘salón de fiestas’ iba a ser usado como sinónimo de ‘espacio escénico’, como si los espectáculos fueran fiestas y las fiestas, espectáculos, y así desdibujar la línea que separa el artificio escénico de los artificios de la vida”.

BAI: Tenés una amplia carrera como dramaturgo y realizador, ¿en qué forma esta obra es diferente a tus creaciones anteriores?
EP: Durante varios años fui más dramaturgo que director, y eso hacía que mis preguntas tuvieran más que ver con el género de la dramaturgia; desde chico me dediqué a escribir obras y películas en estilos distintos, donde lo que se repetían eran los temas (Allà on s’estimen els peixos, Ríanse del hipopótamo, Mercedes Benz según los pájaros, y muchas otras). Después busqué romper con eso pero lo sustituí por textos que ironizaban sobre las convenciones literarias de la escritura teatral, y fue un camino que recorrí para descartarlo (Que no quede ni un solo adolescente en pie, 2008): me cansó porque era una preocupación demasiado centrada en la escritura y yo quería dirigir y hablar de otras cosas.

Hacer mi primer largo me ayudó a cambiar totalmente de rumbo y empecé a desarrollar un estilo de escritura que es más como una partitura de dirección, más centrado en crear un espectáculo. Lo coreográfico, lo visual, lo espacial. Y fue una alegría enorme encontrar una veta en la que sentir ganas de quedarme, sentirlo propio, después de haber explorado tantas líneas estéticas diferentes, y algo de esa alegría tiene que ver con mis ganas de festejarlo en una fiesta (aunque en algún momento quiero retomar otras vetas).

Escena de la obra Salón de fiestas, de Emiliano Pastor. Foto

©Mariano de Rosa para Salón de Fiestas

En esta línea, hice algunas obras cortas exploratorias, después una obra larga (Anochecer en la oficina), y Salón de fiestas fue una profundización de este estilo. Uno va aprendiendo a estar cada vez más conectado consigo mismo como artista, es un proceso muy personal del que uno habla poco pero que sí saca para afuera en forma de obras que lo cristalizan y que van dejando pequeños hitos de la propia historia.

Temáticamente, esta obra es más personal. A veces se acumulan cosas que, por lo que sea, uno no tuvo oportunidad de sacar lo suficientemente para afuera y que están ahí pidiendo volcarse en una obra más íntima, y otras veces uno quiere distanciarse más, ser más como un artesano invisible que juega sin que lo vean.

 

Salón de Fiestas continúa hasta fin de año, los domingos a las 20:00 en Abasto Social Club (Yatay 666; 4861-7714). Entradas desde AR$ 80.

 

Links:
Fb/SalondeFiestasTeatro
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Emiliano Pastor en Alternativa Teatral